martes, diciembre 18, 2007

Mi primera reseña

EL PODER DE LA PALABRA
sobre Movimientos Incorpóreos de Nurit Kasztelan (Huesos de Jibia, 2007)

por Julio Martín Fridman Erro *

La editorial independiente Huesos de Jibia publicó Movimientos Incorpóreos, el primer libro de la poeta Nurit Kasztelan. El poemario abre con un epígrafe perteneciente a un anónimo precolombino azteca: “Sólo venimos a dormir,/ sólo venimos a soñar./ No es verdad, no es verdad/ que vinimos a vivir en la tierra”. Versos que instalan, en su sentencia, a lo onírico como precedente y constitutivo del texto. La ensoñación no sólo como modo de escudriñamiento sino también como lo más propio de la vida. Y en el momento del sueño emergen movimientos sutiles, “energía que impulsa, ahoga / un sonido nuevo y duradero”.
Son movimientos incorpóreos, desplazamientos sin materialidad concreta pero que alcanzan su voz en el yo poético. El cual, a su vez, se traslada en distintos espacios, sobrevuela en un tiempo alógico, delineando la palabra con un poder casi demiúrgico. El poder del nombre, movimiento que exige palabras, y resuena en la necesidad de expresar, fuerza inherente al acto de nombrar que da vida, porque los “hechos que no se cuentan” permanecen como “no vividos”. Como decía el sofista Gorgias en el siglo V A.C, “la palabra es gran dominadora que, con un cuerpo pequeñísimo e invisible, realiza cosas divinas”.
Así, el poeta hace hablar a aquello que no tiene voz, a objetos que descansan en el no ser. Lo nonato, lo no visto, lo no pisado, lo vacío que supura algo que “se fue lentamente”. Es decir, todo lo que hace a objetos o situaciones muertas, estáticas. Y es allí, al pie del patíbulo donde se apiñan los cuerpos, donde la voz se alza. El poeta es el “arúspice de las palabras”, examina las entrañas de las palabras y las cosas, haciendo presagios, creando porque es “el artífice de los hechos”. Esos “minúsculos movimientos”, resabios de espacios y tiempos, que ejercen su pequeña pulsión, son manipulados por el yo, en su calidad de “titiritero”.

Se destila de lo dicho que Nurit declara una posición en la discusión sobre “el que habla en la poesía” y sobre la misma poesía (como en el poema “Ars poética”). El mismo es un sujeto activo, artesano y arquitecto de los sucesos. Un ser casi whitmaniano, en el sentido de una individualidad por encima de las cosas, que se escurre en el decir poético. Pero con la esencia del devenir, siempre mutable y ubicuo.
De esta manera, en la primera parte del libro, el yo se disimula detrás de lo que designa. El yo desaparece en el acto de la escritura, ocultándose en el reverso de esos movimientos: objetos que también lo definen. Una calesita, un dedal, una pared corroída: cuerpos reflejados en la propia cotidianeidad de la voz. Lo dicho es un espejo que empaña la realidad del yo, pero donde el lector asiste, extrayendo lo que se pronuncia en los objetos incorpóreos, madeja de acontecimientos que el poeta zurce en su tanteo hacia lo cotidiano-oculto, “como si la escritura / se empozara en un cuerpo / que el espejo ha vencido”. El yo se objetiva, en la subjetivación de lo que nombra.

En la segunda parte del libro, el yo se declara no sin cierto temor. El sujeto propio es casi siempre tácito (tan sólo en el poema “Runas”), pero se manifiesta. Aparecen los pronombres posesivos (“mi niñez se hunde / se aferra a mis dedos”, lo mío es una manera de definirme en lo otro que poseo) y el pronombre personal. Este último, por ejemplo en el poema “Adolescencia”, aparece como la otredad. Lo otro que, en el mismo proceso de desarrollo de la adultez, es la prisma con la que el yo se constituye. En este poema en particular, asoma una voz que, a la manera de cierto Vallejo, habla desde la niñez, o a partir de la cosmovisión del niño describe hechos más del lado de la adultez, que por la urgencia de su latido se hacen oír. La niñez es un tema recurrente, no como un ideal de pureza, sino como algo sombrío. “Un niño se ahoga / en un bosque inexistente”, o “la niña, muda / se desangra / en una sombra / de agosto”.
La cotidianeidad es una temática y una estética. Gráciles objetos discurren, (“un gato dormido”, “una calesita”, “una pared roída”, etc), se interrelacionan con el sujeto que los nombra, en una recíproca relación de creador y cualidad del creador. Los adjetivos de éstos son, por aspecto transitivo, también adjetivos indirectos del yo. Como se dice en el poema Ars poética, “lo cotidiano / se columpia en la lengua”. De la mano de la cotidianeidad y en relación con la poesía azteca precolombina, (subrayando la palabra “precolombina”, porque con la colonización, la poesía azteca se transforma y se vuelve sangre, fuerza, grito), toma relieve el carácter etéreo de la vida, la fugacidad del paso del hombre. “Voy a vivir el instante / que me prestaron por un rato”, reza el poema antedicho, donde se lee tanto el carpe diem grecolatino como el ideal de volatilidad del hombre que repite la poesía azteca.
Los poemas, en general, son cortos, pero no escatiman recursos, ni vocabularios diversos. Los títulos condensan en sí la temática del poema, y cobran un peso importante. Si bien sutiles, también se entiende un trabajo en la sonoridad del poema, aliteraciones (“se hacen añicos en lo cotidiano”) que gravan cierta vibración a los distintos poemas, en sintonía con la hesitación propia de los movimientos incorpóreos, cuya energía impulsa un sonido, un estremecimiento débil, en sintonía tanto con el tono general como con lo que se significa en los versos. El sonido delicado (“sinfín”) en contrapunto del ruido áspero (“sortija”) formulan una tensión, que se enuncia a todos los niveles en los poemas: imágenes fuertes y pesadas (“la humedad los deforma”) e imágenes nimbadas (“el calor los hace nítidos”); un decir vigoroso (“aquí estoy, presa de mí / tuerta de materia corpórea”) y un decir tenue, descriptivo (“un par de zapatos tirados / descompone la imagen”).
Es por eso, que los movimientos incorpóreos expresan también una fricción, una tensión centrípeta que reúne, que solidariza los espacios, que los cristaliza en el yo. Y si no existe una cadena tangible entre espacios y tiempos en los poemas (entre otras cosas, y dispénseme por el término difuso y generalizador, porque no son “poemas narrativos”) es porque la continuidad lógica espacio-temporal se dice en cada poema, y su unicidad subyace en el propio sujeto, que se posiciona por “detrás”. El yo lírico establece su propia lógica. Es el “titiritero” y “artífice” de los hechos y, como tal, dice y se hace decir en lo que nombra.
Los movimientos incorpóreos se deslizan en permanente lucha. Son traslaciones vibrátiles, etéreas como el instante y la vida, porque son también instantáneos y vivaces. Su dinámica es la misma que la de la adolescencia, porque es la adolescencia. Es la niñez y la adultez. Es la contradicción entre ambos. Los movimientos incorpóreos no tienen cuerpo sino en el poema, por la gracia del poeta. Pero no exclusivamente. Están en todos lados. No hay deíctico que lo defina sentenciosamente en un lugar o minuto determinado, pero están. Y el libro de Nurit selecciona a algunos de ellos, dándoles vida por el poder de lo que se nombra, por el poder de la palabra.

* Julio Martín Fridman Erro nació en Buenos Aires el 27 de Abril de 1989. Se encuentra cursando el primer año de la carrera Comunicación Social, en la UNLZ. Asiste a la clínica de poesía del poeta y crítico Daniel Freidemberg, y al taller de literatura de Marta Mazzilli. Escribe poesía y narrativa, y posee un libro inédito de poemas. Esta es su segunda reseña.

Gracias Julio!!!! En NO RETORNABLE

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