miércoles, septiembre 19, 2007

La reseña que faltaba

Los efímeros

Teatro de Soleil

Como una vez dijo un amigo: el festival de teatro es, al igual que el festival de cine, un lugar al que ningún estudiante de humanidades puede faltar. Con la salvedad, quizás, de que a diferencia del Bafici, la mayoría de las veces te encontrás con una obra que valga la pena. El domingo fue el turno de Los efímeros, en su tercera función en Buenos Aires.
Ya desde el título la obra juega con la idea de Una modernidad líquida, parafraseando a Zygmunt Bauman, de algo que se disuelve en sí mismo. Pero en realidad se trata de las relaciones humanas, como bien lo indica su directora Ariane Mnouchkine: “Nosotros somos los efímeros." Escena tras escena, nos enfrentamos a distintas situaciones de desborde, llanto contendido, tristeza, caos y violencia, siempre violencia. Pero en este caso, la violencia pasa por lo doméstico: una llamada telefónica del padre divorciado altera la relación madre-hija; o por el contraste: un yuppie francés que no duda en comprar una casa donde habitan, metafóricamente hablando, por supuesto, los fantasmas de la persona que la vende; en realidad su madre, su madre, su madre.
“Es importante ver el jardín”- le señala el personaje, y entra en escena un jardín precioso de uno de los escenarios móviles que se deslizan en el piso (traídos de Francia, aunque pocos lo puedan creer). Pero lo interesante es como no sólo vemos el jardín sino también, las herramientas con las que el jardín se embellece, como si el artificio de ese jardín fuera puesto en evidencia; al igual que los escenarios móviles y los constantes mini intervalos que nos hacen entrar y salir de escena (necesarios, por otra parte, debido a las ocho horas de duración) y que nos muestran que, ante todo estamos en el teatro. Y entonces resuenan en mi mente las palabras de la poeta Diana Bellessi, que alguna vez dijo: “Todo jardín exige, a su jardinera verlo morir”.
La obra, entonces, deja al espectador en un clima de agitación constante frente al continuum de escenas que se suceden ininterrumpidamente dejándonos ver la fragilidad de la naturaleza humana, las marcas que deja una infancia, la necesidad de aferrarse a ciertos recuerdos y de tener un pasado, aunque sea uno inventado. Pero también nos muestra aquello de lo que no es posible hablar; como si se pudiera narrar la historia de una niña inventando una nueva religión para salvarse de la ocupación nazi. Así, el acto de ponerle una cruz en el cuello, como en las misiones evangelizadoras que fundaron América Latina, deja el estigma de la pérdida, por más invisible que luego éste se vuelva.
Y quizá el personaje que se gane la obra sea el de la vieja, (interpretada por una actriz iraní relativamente joven), que en sus gestos de locura casi obscenos nos deja entrever el desamparo al que se enfrenta, no solo ella, sino toda una sociedad de marginales. A lo mejor sea por eso que cuando la obra termina, (y acá necesito aclarar que los camarines eran abiertos al públicos, ya que un tela negra delimitaba un espacio que se dejaba ver en su gran mayoría), hay una fila de gente esperando para darle un abrazo, hombres que la abrazan llorando sin dejarla respirar. Y a la salida del Centro de Exposiciones (nuevo lugar fashion ubicado detrás de la facultad de Derecho que funciona como sede central del Festival) está la cola de fanáticos esperando ansiosos el autógrafo de la directora, quizás de puro cholulos, quizás porque no pueden entender que esas ocho horas que antes parecía nos iban a resultar tan largas hayan terminado tan rápido y quieren retrasar el tiempo, en un palimpsesto de firmas que se fusiona con los que fueron a comprar el afiche, o el guión original, o cualquier fetiche relacionado con la obra, que como cualquier obra internacional no escatima en un merchandising furioso, casi grosero, al igual que las remeras del festival pintadas por Kuitca.
De frente a una ovación de pie, donde los actores vuelven siete veces a dar el saludo final; esta compañía compuesta de ochenta personas, entre los cuales hay niños y personas de diferentes nacionalidades y etnias; que nos recuerda a los comienzos del teatro donde una compañía itinerante se trasladaba por los pueblos llevando de gira su obra, donde la máxima del actor era saberse todos los diálogos por si acaso; se despide y nos deja esperando, ansiosos, al próximo espectáculo.

5 Comments:

Blogger la Dama sol said...

fue lo máximo esa obra nuciforaaaaaaaa!!!
la pasamos bien.
al final no volví a tu fiesta, me fui a dormir, dormí 12 horas seguidas sin despertarme ni una vez... y eso de que no había tomado nada!!!
ahora estoy con fiebre, se ve que estaba caldéandose la cosa...
¿como andas che? la pasaste bien el sábado? te debo el regalo, che...
beso!

gav

1:21 a. m.  
Blogger Ana said...

Esta muy buena la reseña, de las que te instalan la pena de no haber estado, jaja, gracias!
Un abrazo

9:47 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

qué bueno que existan estas reseñas, así los estudiantes de humanidades que estamos out y no nos interesa mucho el festival de teatro nos enteramos de qué va la cosa...

8:07 p. m.  
Blogger Ramonita said...

No ví la obra, lamentablemente, pero la reseña me gustó mucho. Qué interesante eso de que se revelen los artificios y eso del pasaje constante entre el estar adentro de la obra y el estar afuera. Tendría que mostrarle la reseña a mi hermana que la vio en Francia.
Un beso.

11:45 a. m.  
Blogger Nucífora said...

Si, fue lo máximo, no podía sacar los pies del lugar.

El sábado la pase muy bien, por suerte.

Ana: Gracias!
La escribí justamente para transmitir al menos un poco la magia que ellos lograron transmitir.

Tu iroía es cada vez más sutil, anónimo, cada vez más sutil.

Gracias Ramonita, mostrásela a tu hermana si queres. ¿A ella le gustó la obtra?

9:42 a. m.  

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